El animal correcto

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Por Jorque Quiroz Casanova y Jorge Quiroz Valiente

 

La historia de la ganadería moderna ha girado alrededor de la eficiencia. Durante décadas, la selección genética buscó animales que crecieran más rápido, produjeran más leche, consumieran menos alimento por kilogramo de carne y alcanzaran el mercado con rapidez y el resultado fue extraordinario.

Hoy una vaca produce varias veces más leche que hace medio siglo, un pollo alcanza peso de mercado en apenas unas semanas y los cerdos convierten alimento en carne con eficiencias impensables para generaciones anteriores. Sin embargo, si el único indicador de desempeño de un animal es su productividad, ¿qué sucede con el resto de sus cualidades?

La historia de la leche lo ilustra bien. En 1970, la producción mundial de leche fue de entre 350 y 370 millones de toneladas, dependiendo de si se consideran únicamente vacas o también búfalas, cabras, ovejas y camellas. Poco más de cincuenta años después, en 2024, la cifra llegó a 950 millones toneladas. Es decir, la producción mundial se multiplicó más de 2.5 veces, casi a la par que la población del planeta.

Este hito se debe a múltiples factores, desde el mejoramiento genético y la nutrición más intensiva, hasta la sanidad, el confinamiento y la inseminación artificial. Pero no ha sido una victoria rotunda. En la actualidad, también se observan animales con mayor estrés metabólico, menor fertilidad, mayor susceptibilidad al calor y vida productiva más corta.

Algunos animales parecen estar llegando a su límite biológico. El caso más evidente es el de los pollos de engorda. En menos de un siglo, la velocidad de crecimiento se transformó radicalmente. Un pollo moderno puede alcanzar alrededor de 2.5 kg en apenas 35 a 42 días, algo imposible en las líneas genéticas antiguas. El problema es que el cuerpo no siempre evoluciona de manera equilibrada. Diversas revisiones científicas muestran que las líneas de crecimiento rápido presentan mayores problemas locomotores, deformaciones óseas, dermatitis, fallas cardiovasculares y estrés metabólico. En esencia, el músculo crece más rápido de lo que pueden adaptarse huesos, corazón y pulmones (Riber & Wurtz 2024).

Algunos investigadores describen este fenómeno como un "desacoplamiento fisiológico", los órganos encargados de suministrar energía y oxígeno no logran seguir el ritmo del crecimiento corporal. Esto explica por qué en los pollos modernos aparecen problemas como síndrome de muerte súbita, ascitis y cojera. Muchos animales son tan eficientes para producir carne que su propio cuerpo se convierte en el principal límite biológico; como si un árbol produjese manzanas que quiebran sus ramas.

La situación no es exclusiva de las aves. En bovinos lecheros, la presión de selección para aumentar la producción de leche generó animales extraordinariamente productivos, pero también metabólicamente más frágiles. Una vaca de alta producción puede movilizar enormes cantidades de energía diariamente y generar mucho más calor metabólico que una vaca seca o de baja producción. En ambientes tropicales, esto incrementa la susceptibilidad al estrés calórico, reduce la fertilidad y aumenta problemas metabólicos y reproductivos (Correa-Calderón et al. 2022).

Aquí aparece una contradicción interesante: muchas veces los animales más productivos son también los más sensibles al ambiente. Funcionan extraordinariamente bien bajo condiciones ideales (dietas precisas, temperatura controlada, manejo sanitario intensivo), pero fuera de ese entorno se merma su desempeño.