El aroma de un bosque

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Por Jorge Quiroz Casanova y Jorge Quiroz Valiente

 

La medicina alternativa, si bien no cuenta con el rigor necesario para ser segura y confiable, nos da un indicio de dónde puede haber medicamentos o terapias por descubrirse. Una de estas tendencias proclama que, gracias a que los árboles liberan compuestos bioactivos en el aire, abrazarlos puede producir beneficios en nuestra salud que perduran por varios días. Pocos discutirían la sensación de bienestar que produce caminar entre los árboles y respirar aire fresco. Pero una cosa es sentirnos bien, a gran escala, y otra demostrar sólidamente por qué ocurre.

El interés por los posibles efectos de estar en contacto con los árboles aumentó principalmente a partir de investigaciones realizadas en Japón sobre el shinrin-yoku, que podría traducirse como "baño de bosque". Siguiendo esta línea, diversos experimentos han observado que permanecer algunas horas o días en ambientes forestales se relaciona con disminuciones de la frecuencia cardiaca y algunos indicadores de estrés, así como con modificaciones de ciertos parámetros inmunológicos. En una revisión sistemática del 2021, se encontró que ocho de diez estudios sobre baños de bosque que evaluaron las células NK, componentes del sistema inmunitario capaces de reconocer y destruir células infectadas o anormales, reportaron incrementos en su número o actividad. Sin embargo, otros dos no encontraron cambios significativos (Andersen et al., 2021).

Dentro de las razones, algunos trabajos han sugerido que parte del efecto podría estar relacionado con la inhalación de fitoncidas: sustancias orgánicas volátiles liberadas a la atmósfera por las plantas. Estos compuestos participan en sus mecanismos de comunicación y, más importante, de defensa contra patógenos y plagas. Terpenos como el α-pineno y β-pineno, que se extraen del aceite de pino, se emplean en productos de limpieza justamente por sus propiedades antimicrobianas. Lo mismo con el limoneno de los cítricos. No es casualidad que esos aromas de la naturaleza estén en los limpiadores.

Una revisión sistemática publicada por Lew y Fleming (2024) encontró un aumento significativo en la activación de células NK después de la exposición a fitoncidas. A primera vista parecería una evidencia contundente. El problema aparece en el tamaño de la evidencia. El metaanálisis reunió únicamente seis estudios con un total de 79 participantes; incluso los autores señalan la necesidad de realizar ensayos clínicos aleatorizados para establecer su eficacia y sus riesgos.

Aquí conviene hacer una distinción que frecuentemente se pasa de largo en las redes sociales: que exista un mecanismo biológicamente posible no significa que su efecto sobre la salud humana esté demostrado. Si bien la evidencia es prometedora, no es contundente. Una revisión reciente insiste en la prudencia. Encontró que los baños de bosque, si bien se asociaban con disminuciones de la frecuencia cardiaca y algunos indicadores psicológicos, ofrecen evidencia "muy baja" para todos los desenlaces analizados. Se advertía de riesgo de sesgo, heterogeneidad entre los estudios y posibles factores de confusión (Andrade et al., 2026).

Además, la relación causa-efecto es difícil de establecer. Cuando una persona pasa varias horas caminando por un bosque no solamente respira los compuestos emitidos por los árboles. También hace actividad física, se aleja de fuentes de ruido, contempla un paisaje agradable, cambia de temperatura y, como consecuencia, probablemente disminuye su nivel de estrés. Separar experimentalmente todos esos factores resulta complicado. Y todavía falta el salto más grande: abrazar un árbol.

Hasta ahora no existe evidencia científica sólida que demuestre que el contacto físico con el tronco permita absorber fitoncidas en cantidades capaces de fortalecer el sistema inmunitario. Tampoco que abrazarlo durante algunos minutos produzca beneficios que permanezcan durante días. Los trabajos que han encontrado efectos persistentes estudiaron la exposición al ambiente forestal o a sustancias volátiles, no el tocarlos.

La información disponible apunta en una dirección interesante y merece continuar investigándose. Pero existe una enorme diferencia entre decir "hay indicios de un efecto" y afirmar "está científicamente demostrado". Ese es el punto clave; la paradoja de nuestra época. Las redes sociales toman una observación científica pequeña pero fascinante, eliminan sus incertidumbres y la convierten en una certeza extraordinaria. La ciencia funciona exactamente a la inversa, mientras más extraordinaria sea una afirmación, mejores deberán ser las pruebas que la sostengan.

Los árboles ya representan, por ser lo que son, una buena noticia. No necesitan poderes curativos. Nos proporcionan sombra, capturan carbono, participan en el ciclo del agua, conservan biodiversidad, protegen el suelo y suavizan nuestro entorno. Si, además descubrimos que algunas de las sustancias que liberan benefician nuestra salud, sólo sobrarán pretextos para conservarlos. Si nos ayuda rodearnos de ellos o tocarlos, no hay motivo para no hacerlo. Sea cual sea la razón, nos restan estrés y nos brindan bienestar.