CUIDADOS DE UNA PLANTA

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Por Dr Jorge Quiroz Valiente y Jorge Quiroz Casanova

México posee una riqueza genética fuera de lo común. Y no sólo es gracias a la ubicación geográfica del país, con su bagaje de ecosistemas. Es también resultado de generaciones de agricultores y productores que, por medio de la selección de maíces, frijoles, chiles, frutas y animales, dieron pie a cultivares y razas capaces de producir en condiciones muy distintas, con sabores, texturas, colores y perfiles nutricionales igual de variados. Parte de la diversidad se conserva en los llamados «bancos de germoplasma». Mantener estas colecciones, sin embargo, es una inversión, por lo que el esfuerzo debe ir acompañado de estrategias que permitan comprender y utilizar el patrimonio genético en beneficio de la investigación, el mejoramiento y la producción agropecuaria.

Un banco de germoplasma puede compararse con una biblioteca. Su importancia no depende solamente del número de libros que contiene, sino de la información que resguarda y de nuestra capacidad para aplicarla. Hablando particularmente de agricultura y de los recursos fitogenéticos, cada accesión, es decir, cada muestra identificada y conservada, puede contener características que algún día podrían resultar fundamentales: resistencia a una enfermedad, tolerancia a sequía o altas temperaturas, adaptación a suelos deficientes o alguna otra cualidad que todavía no creemos necesaria.

No se trata de una visión romántica de la conservación. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) considera a los recursos fitogenéticos un pilar de la seguridad alimentaria, sobre todo en el contexto del cambio climático. Su Segundo Plan de Acción Mundial no se limita a recomendar la conservación ex situ, establece como actividades prioritarias la caracterización y evaluación del germoplasma, el desarrollo de subconjuntos que faciliten su utilización y su vinculación con programas de mejoramiento genético (FAO, 2011). Guardarlo es apenas una fracción del trabajo.

El Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) posee importantes recursos genéticos de diferentes especies agrícolas. Algunos son más sencillos de almacenar que otros. Por ejemplo, las semillas pueden conservarse durante años bajo condiciones adecuadas de temperatura y humedad. En cambio, frutales y especies perennes requieren mantenerse como plantas vivas. Una colección de mango, cacao o cítricos requiere terreno, personal, control de malezas, fertilización, podas, manejo fitosanitario y protección ante emergencias climáticas. Mantener un banco de germoplasma puede parecer costoso, hasta que calculamos el precio de perderlo.

Una accesión que desaparece puede ser la pérdida de una combinación genética irrepetible. Frente a los nuevos desafíos de la agricultura, características que hace treinta años parecían irrelevantes pueden convertirse en herramientas fundamentales para el mejoramiento genético. Pero lo anterior tiene una premisa implícita: los bancos de germoplasma son útiles si y sólo si se conoce su contenido.  

Una colección insuficientemente caracterizada corre el riesgo de convertirse en un simple escaparate genético. Sabemos que los materiales existen, pagamos por mantenerlos, pero desconocemos cuáles poseen las características que necesita un agricultor, un investigador o un programa de mejoramiento.

La experiencia internacional está tratando de resolver este problema. La CGIAR, la red más grande del mundo en materia de investigación agroalimentaria, está orientando sus bancos hacia un uso más inteligente y difundido de la diversidad genética. Para ello incorpora información fenotípica y genómica de sus accesiones, con lo que se facilita localizar con precisión el material buscado.

La FAO propone algo semejante mediante las «colecciones núcleo». Una colección núcleo es un subconjunto relativamente pequeño de accesiones seleccionado para representar la mayor diversidad genética posible de una colección completa. Este enfoque permite reducir una colección de cientos o miles de accesiones a un conjunto más manejable de materiales que represente la mayor proporción posible de la diversidad genética existente, facilitando su caracterización y evaluación intensiva (FAO, WIEWS).

Ese concepto podría ser particularmente útil para las colecciones del INIFAP. Es necesario reinventar los bancos de germoplasma, entender su verdadera función y calificarlos con criterios más informativos. Hablar del número de accesiones no nos dice cuánto sabemos de ellas y qué tan relevantes son.

Un banco tiene que conservar, sí. Debe asegurar que materiales únicos, amenazados o estratégicos no desaparezcan. Pero también necesita ser dinámico; relacionarse estrechamente con investigadores y productores. Tiene que caracterizar morfológica, agronómica y, cuando sea conveniente, genómicamente las accesiones. Crear el vínculo fenotipo-genotipo. Implementar las nuevas tecnologías para esto: marcadores moleculares, sensores, drones, análisis automatizado de imágenes, bases de datos, inteligencia artificial. Tiene que presentar clara y eficientemente su catálogo digital de materiales; como una amplia sección de «Características del producto», con procedencia, fotos, reportes y cualidades observadas de la planta. Por supuesto, tiene que multiplicar su inventario y distribuirlo. Una vez vinculados al proceso productivo, la existencia de los bancos de germoplasma se justificará por sí misma.

Ya está sembrada la semilla. México ha invertido décadas en recolectar y conservar su diversidad genética. Pero sin el siguiente paso, el gasto en los bancos de germoplasma no embocará en nada. La diferencia entre que sean un costo y una inversión está en que se utilicen.